La parada de los monstruos
Nochevieja, y tras las campanadas las calles se llenan de hordas ansiosas de dilapidar sus dineros en cotillones de medio pelo, antros repletos de calor humano, garrafón a precio de Chivas y receneas frías y grasientas.
Hago entrevistas de trabajo y estos últimos años los candidatos no llevan traje y ellas aparecen en zapatillas de deporte o pintadas como rameras. En cambio veo pasar los primeros ansiosos de cotillón y todos (ellos) en traje… ¿Por qué? Para una entrevista quieren mantener su “personalidad”, su estilo, pero para hacer cola en una discofeca y que un portero del Este les dé su beneplácito, oye, encantados de perder su “estilo y personalidad”.
A todos ellos habría que azotarles en plaza pública por su osadía, por su ofensa al gusto, al estilo y, al traje. Trajes prestados, grandes o pequeños, pantalones doblados por fuera para no pisárselos, abrigos de papá 8 tallas más grandes y zapatos… ¡qué zapatos! pero sobre todo, ¿qué me dicen de esa colección de camisas y corbatas? Algunos, los que van de prestado, llevan la camisa amarilla (en otros tiempos blanca) del abuelo y la corbata carrascaliana que llevaba su padre en su bautizo. Los más “modernos”, (gracias Zara) nos deleitan con una pasarela de camisa oscura y corbata chillona. Por Dios, ¿no puede multar alguién a semejante banda de payasos? (otro día hablamos de las BBC, Bodas, Bautizos y Comuniones).
¿Y ellas? trajes de saldo, apretadas como longanizas, embutidas en medias marcando carnes y más pintadas que un payaso de circo. Algunas solo necesitan una chapa con una cuerda que diga “Auténtica Morcilla de Burgos”. Las joyas de mamá que no falten, peinados de peluquería de barrio y zapatos cantosos peguen o no. La que está buena, lo está todo el año, el resto…
En fin… ¡Get a suit man!
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